Las llamadas perdidas

05/04/20. Javier Montoya

Recuerdo cuando compré mi primer móvil. Fue a finales de los 90, ha pasado más de media vida: era un pimpollo de 18 años, con el carné de conducir recién sacado. Todo a la primera, por la cuenta que me traía, ya que necesitaba como el comer desplazarme en coche a la UAL para evitar conexiones imposibles de autobuses desde el pueblo. A lo que iba: mis padres, con la aprobación del consejo de sabios que suponen tus hermanos mayores, me instaron a apurar los ahorros que me habían sobrado de la compra de un ordenador -tenía otros planes-. Pero tenían razón: necesitaba un teléfono, iría más seguro yo y estaría más tranquila mi familia.

Alguna emergencia tuve y de algún apuro me sacó yendo en coche, más por ocio que a clase, lo reconozco. Pero sobre todo me dio independencia y libertad: los millennials nunca sabrán lo que es llamar a fijos a tus amigas, amigos o algo más. Aquello era peor que la ruleta rusa, casi siempre se ponían los padres. “¿Hola… Está fulanita?” (glups). La respuesta nunca era un “sí, ahora se pone” o “no, llama más tarde”, a secas. Siempre iba acompañada del fatídico “¿De parte de quién?” (glupsglups: al otro lado de la línea se redoblaba la angustia:).

Todo ha cambiado en 20 años. Y con el confinamiento la gente no se limita a hacer videollamadas sino que estas suelen ser de grupo y pueden hacerse por Skype, Whatsapp, Zoom, Houseparty… Locuras de hasta cien personas según parece. Hablando o intentando hablar mientras toman algo, cada uno en su casa.

Yo, salvo excepciones, trato de seguir haciendo mi vida lo más alejado posible de marabuntas y redes, del propio móvil. Como cuando lo llevaba en el coche a la UAL: sabiendo que estaba ahí por si me necesitaban o lo necesitaba. A mi madre sí la llamo más. El triple. Y sé que si fuera abonada de la UDA estaría más ancha que larga de haber recibido su llamada. Como estoy yo y como debe estar la afición.

Ahora más que nunca, hay llamadas de control que se agradecen. Hay personas que sabes que siempre están ahí, pese a estar lejos o parecer perdidos. Algunas llamadas no se pierden aunque no puedan contestarse. Esas son impagables. Si pueden, llamen a sus padres. Nunca son perdidas.

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