Culebrones

30/08/20. Javi Montoya

Llegaron de América -herederos de los yanquis Dallas, Dinastía o Falcon Crest-, ya fuera desde Argentina o Venezuela. A finales de los 80 y principio de los 90 uno no tenía voz ni voto y si tu madre veía Los ricos también lloran, Cristal y Abigail había dos opciones: verlos con ella o irte del salón, en ambos casos sin hacer ruido. No era amor de madre ni por Verónica Castro o Jeanette Rodríguez, sería el acento argentino por un lado o la belleza venezolana de Catherine Fulop por otro.

Los mexicanos me pillaron mayor, con poder de decisión y mando a distancia. Y que, por lo que sea, Pasión de Gavilanes no caló nunca en mi casa. Tampoco fui de Rebelde Way, que bastante tuvimos con nuestra Al salir de clase. Ahora están de moda los turcos y mi madre se ha reenganchado. Me parecen todos iguales, no necesito ni verlos. Son como la canción del verano, que va cambiando de protagonistas -¿qué pasó con Georgie Dann?- y de estilos -con cada vez menos estilo-, desde el perreo al infumable reguetón. Baja calidad, enorme éxito.

En fútbol, cada verano, hay una mezcla de culebrones y canciones del verano. Este no iba a ser menos y con lo de Messi tenemos tormentone estivo, que dicen los italianos. Menos mal que soy un tío de mundo y ya sabía lo que era un burofax -recibí uno de mi casero hace menos de un año, amago de tormenta y tormento navideño, subida del alquiler para renovar contrato y todos contentos-. Qué lío, Leo.

Aquí tenemos a Darwin, nuestro prota de culebrón a la almeriense. Está representado por gente tan hábil y pesada como los asesores de mi casero: primero fue colocado en media Primera española y ahora insisten en ampliar fronteras. Dónde mejor que en la vecina Portugal, a la que le gustan nuestros culebrones y nuestras canciones del verano, así como en la UDA falan cada vez más el portugués.

Yo, qué quieren que les diga, cada vez me aburro más con estas informaciones. O más bien desinformaciones. Culebrones, tormentoni. Todo va con retraso y llega a mi rescate el Tour, como antaño: mi madre nos daba el honor -a los que veíamos con ella sus culebrones- de ver con nosotros a Induráin. Ahí no había siesta. Ya sí: despiértenme cuando acabe septiembre.

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