Cosas de la edad

15/04/18. Javi Montoya

Me gusta el fútbol. Me sigue gustando y supongo que lo seguirá haciendo hasta que la palme pero no como antaño. Hace muchos domingos por la tarde que dejó de ser la mayor de mis aficiones. Será ley de vida o una de esas cosas de la edad, como cuando dejaban de gustarte progresivamente los dibujos animados. Será que tampoco ayuda ser de la Real desde chiquitito y además, siendo uno nacido y criado en Níjar, no haber olido un partido in situ de primer nivel hasta que viniera el Barça a mitad de los 90 a Almería a echar una pachanga contra el Blackburn Rovers.

Años después volverían al mismo escenario los azulgrana para jugar aquel partido de Copa contra el Poli Almería y ahí estaría yo para ver que el tupé de Figo sufría por el vendaval y los encontronazos con rivales. El otro Poli, el de El Ejido, también me ha acogido alguna vez en Santo Domingo: siendo ya abonado de la UDA, en aquella ocasión para ver a la Real, bajo otro de esos huracanes para el recuerdo, vengar la derrota de la primera vuelta en Anoeta que mi memoria ha debido cancelar pero que Pascual se ha encargado de refrescarme.

Lo reconozco, yo también disfruto cuando el Athletic la pifia. Y sí, desde pequeño y hasta que mi padre nos dejó hace unos años, siendo él athleticzale, los piques en casa eran frecuentes pero sanos, sin pasar de las puyitas. También desde niño le tengo cierta tirria al Madrid, qué le voy a hacer. Seré de equipos pequeños. Y si me daban a elegir prefería que ganase cualquiera, incluido el Barça. Me identificaba más con el Dream Team que con la Quinta del Buitre. Pero eso no quita que fuera infiel a la Real primero y luego a la UDA. Eso lo tenía claro.

Con lo que ya, de mayor, empiezo a no poder más es con las eternas guerras civiles. A veces hacen gracia, vistas desde la barrera, esas luchas entre culés y madridistas. Pero cuando se eternizan y se reducen a polémicas arbitrales, yo me bajo. Es que prefiero no opinar. Es que ni PSG ni Juventus posiblemente tengan tantos motivos de queja o argumentos peregrinos como esos aficionados de uno u otro, que siguen también comparando entre CR7 y Messi. Que es posible que no vayan a ponerse de acuerdo en la vida esgrimiendo sólidas consignas del estilo “y tú más”, tan socorrido en política.

Por si esto fuera poco, no puedo refugiarme tampoco en el ciclismo, que hace mucho pasó a ser mi deporte de referencia, de salón y de práctica -menos de la que me gustaría como atestiguan mis piernas tras un paseo mañanero después de casi dos meses inactivo-. La sombra del dopaje ha hecho mucho daño. A los auténticos aficionados no se nos olvida pero con ciertas reservas y, bien por cosas de la edad o porque desconfías de la limpieza de tus mayores ídolos, nada es igual que con Perico o Induráin, por mucho que haya disfrutado y sufrido con Contador y lo siga haciendo con Valverde.

Volviendo para acabar al fútbol, ya me dirán lo mucho que invita la UDA en estos últimos años a engancharse a algo o alguien. Estos meses nos sostienen las paradas de René o los chispazos de Pozo y los arreones de Rubén Alcaraz. No sé hasta qué punto me afectaría que unos chinos vengan a campear aquí o que, sin ir más lejos, no se le gane al Albacete y alguno de los que esté en los flamantes banquillos aparezca dando cabezadas. No le culparé. Todo aburre. Hasta pasiones de infancia como el fútbol. Cuando eso pasa, mal negocio. Pero, ¿y qué más da?

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